Desde que vivo en terreno mi vida está marcada por el noble martillar de las entrañas de un generador. Este tra tra tra regular y firme sostiene, sin saberlo, o tal vez sabiéndolo, la estabilidad mental de todos los que lo escuchan.
No exagero. Cuando el Generador se detenía en Nigeria, el ventilador que oscilaba frente a mi cara renunciaba a su alegre aletear e inmediatamente la cama se transformaba en un pequeño infierno de sudor. Calar la linterna de minero, desatar el mosquitero con cuidado, salir casi escapando y volver a atarlo, y abrirme paso entre centenares y miles de libélulas y grillos, mariposas y polillas, moscas y mosquitos, chinches y cigarras, escarabajos y hormigas, hasta alcanzar al corredor, las escaleras y el patio, encontrar a alguno de tus compañeros, también con su linterna calada y observar juntos a la enorme bestia durmiente, sin saber cómo hacer regresar su traqueteo, su música.
Años después, cuando el generador se apagó en Hyderabad, la habitación se llenó de chispas; Lentamente empezaba a derretirme y conmigo la cama, el cuarto, la casa, el pueblo entero. Deseos de gritar, de echarme a correr. Salí hacia el generador resuelto. Resuelto a qué? No se. Me es difícil desarmar una maquina exprimidora y me dirigía a un generador industrial. Al llegar encontré a Maen el Jordano, Shaquir el Kosovar, Manu el Portugues, Marit la noruega, Amir el Pakistaní, todos alrededor del generador, callados, sudando, iluminando con sus linternas lo que parecía un extraño rito de adoración nocturna. A momentos, el enorme leviatán rezumaba, produciendo entre la multitud un “ahh” de alivio y esperanza, solo para después detenerse con agónicos jadeos, seguidos de un “ohh” de la mas sentida tristeza. Esa noche dormí en el suelo del baño, sudando sobre azulejos bancos.
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