jueves, 4 de febrero de 2010
El romance Pashtún
Naim y Saban trabajaban en el mismo hospital de Darband, nunca hablaban, solo se cruzaban por las escaleras, pero a él le gustaba lo que veía, que para ser sincero era bien poco; ella llevaba un largo velo negro que sólo mostraba sus ojos. Él pidió a su hermana menor, apenas una niña, que visitara al hospital denunciando problemas de presión sanguínea para ser atendida por la Dr. Saban. La pequeña espía comentaría luego que la doctora era hermosa. Naim redobló sus esfuerzos. Una semana después su madre y hermana mayor aquejaban problemas de presión sanguínea. Su reporte: era hermosa y amigable, pero pertenecía a una familia de Mardan, región conservadora, difícil pareja para un Doctor proveniente de una tribu urbanizada, moderna. Naim no se rindió. Sobornó a un empleado del hospital para tener información personal donde encontró de todo, menos su dirección familiar. Tantos detalles se escapan de quien me cuenta esta historia (La increíble Sta. Vegemite); pregunto: ¿Cómo sobornó? ¿inocente Comida? ¿Viles Rupias? ¿Cómo se llamaba el empleado? ¿Cuál era su puesto? Nada sabe. El caso es que sobornó y no encontró. Entonces Naim, desde ya y para siempre uno de mis héroes, emprendió el viaje Darband - Mardan. Fácil es escribirlo, pero el viaje toma seis horas y las carreteras son precarias en las montañas del norte. Lo imagino en el techo del bus, entre acantilados, barbudo, helándose con su Salwar Kameez y envuelto en su gran chal Pashtún, o tal vez perfectamente peinado dentro de un viejo Datsun amarillo, con música a todo volumen, tiritando, perdido, pero decidido. Al llegar buscó y encontró la casa de los tíos paternos de Saban, habló con un vecino, a quien imagino contó toda la historia de las escaleras, de los ojos, de la hermana menor, de la madre y la hermana mayor, de los problemas de presión, del soborno, del viaje, del frío. El vecino sorprendido, conmovido, y algo asustado soltó la dirección de la familia en Darband. Pocos días después los padres de Saban escucharon que alguien llamaba a la puerta, cuando abrieron encontraron a dos extraños que dijeron: “Salaam alaikum, nuestro hijo se llama Naim...”
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Ay, las historias de amor, ¡qué podríamos hacer sin ellas!
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