S trabajaba en una empresa aseguradora que se dedicaba a sacar excusas para no pagarle a la gente, un buen día se despertó cansado de su vida, renuncio y empezó a caminar desde el norte de Francia hasta Santiago de Compostela. Le tomo un mes y medio de mucho silencio y determinación pero la final sabia la diferencia entre religiosidad y espiritualidad y decidió dedicar los siguientes años de su vida al trabajo humanitario. Aborda el día a día con una entrega que admiro y envidio; es más que un convencido, es un creyente. Tiene un hijo de dos años con B. Hoy durante la comida S estaba totalmente fascinado con una hermosa mujer sentada cerca de nuestra mesa. Ella estaba con un hombre, ambos reían. Ella era de una belleza casi insoportable. S me dijo pensativo, mi vida de pareja no es feliz, quiero mucho a B, pero no la amo y me siento culpable, muy culpable, porque sé que ella me ama y porque me atrae aquella mujer del final del corredor. Le aclaré que mi experiencia en relaciones de pareja es estrictamente teórica, pero que había escuchado alguna vez que era un ejercicio de voluntad, que se suponía que las relaciones debían ser caóticas, que esperaba, que presentía, que las mujeres también estaban llenas de dudas, que ellas también tomaban la decisión conciente de estar con alguien. La culpa de S podía más. Tomó un sorbo de vino y me dijo: cuando nació H no te imaginas la alegría que sentí al sostenerlo en mis brazos, él y B se quedaron en el hospital un par de días. La primera noche, cuando regresaba a mi casa, parado en un semáforo, me sentía infinitamente feliz, pero al mismo tiempo me llenaba una enorme tristeza pues sabia que no la quería.
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