A las cinco y media de la tarde Sikandar se plantaba en la
avenida Jinnah. Llevaba dos armas automáticas, unos cigarrillos, un celular, su
esposa y sus dos hijos. Nadie entiende como Sikandar pasó todos los anillos de
seguridad y se instaló con toda su familia en la entrada de la zona roja. Sikandar no es un hombre de
aspiraciones medianas: Pide la abdicación del primer ministro y la instalación
de la ley Sharía. La policía concluye rápidamente “Ha
perdido sus cabales”. Kenwal, su esposa, habla por teléfono, da entrevistas, explica
sus peticiones cambiantes. Los niños salen y entran del carro, juegan y ríen
mientras Sikandar pide a la policía que despeje a la gigante multitud de
curiosos y vuelve a disparar. Tres horas después los mediadores han oficialmente
fracasado. Un rechoncho dirigente político que pasa por la zona se ofrece a mediar;
mientras habla con Sikandar se abalanza sobre el y trata de neutralizarlo, la
multitud grita, los francotiradores ajustan la mirada, Sikandar logra liberarse y salir corriendo. Dispara nuevamente al cielo pero no al gordo político quien
ahora corre aterrado. La multitud mira atenta. Cae el sol. Han pasado seis
horas. Un francotirador da todo por terminado dejando a Sikandar en estado
crítico pero estable. Al día siguiente la gente se reirá del dirigente político
queriendo ser un héroe, arrestarán Kenwal por terrorismo, los Talis tomarán
responsabilidad de los hechos (y nadie les creerá), los comerciantes de la zona
protestarán contra la policía por no disparar antes, una mujer dirá con
nostalgia que este drama le recuerda su natal Karachi.
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