sábado, 26 de octubre de 2013

Sikandar y Kenwal


A las cinco y media de la tarde Sikandar se plantaba en la avenida Jinnah. Llevaba dos armas automáticas, unos cigarrillos, un celular, su esposa y sus dos hijos. Nadie entiende como Sikandar pasó todos los anillos de seguridad y se instaló con toda su familia en la entrada de la zona roja. Sikandar no es un hombre de aspiraciones medianas: Pide la abdicación del primer ministro y la instalación de la ley Sharía. La policía concluye rápidamente “Ha perdido sus cabales”. Kenwal, su esposa, habla por teléfono, da entrevistas, explica sus peticiones cambiantes. Los niños salen y entran del carro, juegan y ríen mientras Sikandar pide a la policía que despeje a la gigante multitud de curiosos y vuelve a disparar. Tres horas después los mediadores han oficialmente fracasado. Un rechoncho dirigente político que pasa por la zona se ofrece a mediar; mientras habla con Sikandar se abalanza sobre el y trata de neutralizarlo, la multitud grita, los francotiradores ajustan la mirada, Sikandar logra liberarse y salir corriendo. Dispara nuevamente al cielo pero no al gordo político quien ahora corre aterrado. La multitud mira atenta. Cae el sol. Han pasado seis horas. Un francotirador da todo por terminado dejando a Sikandar en estado crítico pero estable. Al día siguiente la gente se reirá del dirigente político queriendo ser un héroe, arrestarán Kenwal por terrorismo, los Talis tomarán responsabilidad de los hechos (y nadie les creerá), los comerciantes de la zona protestarán contra la policía por no disparar antes, una mujer dirá con nostalgia que este drama le recuerda su natal Karachi. 

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