Antes de que Qadri empezara su marcha histórica, antes de que los siguieran miles de personas por 500 kilómetros, antes de que fuera transportado en un conteiner marítimo diseñado para la marcha, con micrófono para discursos y una ventana para asomarse
y demostrar que todavía estaba adentro, antes de que su horda en gritos partiera Islamabad en dos, antes de que cambiara su discurso pacífico
por uno delirante, antes de todo, Qadri, calladamente, vendía Coranes.
Miles de buses, carros, motos, millones
de hombres mujeres y niños. “Vienen desde Lahore. Llegarán mañana. Es nuestro
turno de la primavera Árabe”, decía Khalid lleno de orgullo. “Cuales
son sus demandas?” Pregunté. “No se, nadie sabe. Tal vez derrocar el gobierno.
Están bien financiados. Su líder se llama Qadri”.
La invasión de Normandía se
instaló a lo largo de la Avenida Jinnah. Qadri podía ver la casa presidencial
en la distancia. -“Nos tomaremos el parlamento y ningún poder en el
mundo podrá evitarlo”-.
La marcha venía preparada para la espera: Carpas, mantas, sistemas de comida comunales,
seguridad privada, y en medio de todo, el conteiner blanco perfecto. “Prométanme
que no se irán hasta que yo no me vaya”.
No se hablaba de nada diferente en
Islamabad. Son los militares! es la CIA! está financiado por Irán! son los
Saudís! Conocidos empezaron a visitar la marcha y tomarse fotos: Sonrientes expatriados con gafas
oscuras delante de lo que parecía un campo de refugiados. A su regreso mis amigos reportaban: “La multitud está
decidida!”, “tienen gran disciplina”, “no se irán hasta que consigan lo que
quieren!” Me moría por ir. Pero me dijeron que no fuera, y no fui.
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