martes, 8 de octubre de 2013

Abu Dhabi no existe


El mundo es todo brillo y arena. El viento, mis pasos y mi respiración son lo único que escucho. Es medio día, es verano pleno, el sol, el sol. Aguzo la mirada, llego a la enorme autopista que aparece sin sentido en medio de la nada. Hay pocos carros dispersos que se dirigen al norte o tal vez al sur. Los carros pasan rápido y parecen vacíos. Me paro al lado del pavimento ardiente y pacientemente espero un taxi.

El calor, el calor. Cinco minutos pasan, tal vez diez. Hacia donde queda Abu Dhabi? Todos los carros son iguales, blancos, nuevos, perfectamente limpios y ninguno es un taxi. Todo está perdido. Podría desmayarme aquí mismo y morir bajo el sol y nadie me encontraría jamás, porque, a pesar de la autopista, y de la enorme ciudad que me dicen está muy cerca, esto sigue siendo un desierto.

Camino en medio de la arena dejando la autopista a mis espaldas. Entro a un barrio lleno de casas gigantes e idénticas que se pierden en la distancia. Están construidas para extranjeros que vendrán a trabajar;  según parece llegarán al mismo tiempo y en cualquier momento porque todas las casas están listas, al igual que las autopistas que los llevara a Abu Dhabi.

En la distancia veo un carro blanco cruzando las calles del barrio. Se mueve lentamente en un pavimento que recuerdo rojo. Pienso en correr detrás. Ayuda! Auxilio! Esto es un desierto! Pero está muy lejos y ha desaparecido. Veo un grupo de obreros que camina bajo la breve sombra que dan las casas y parecen sorprendidos de ver a una persona en medio de la calle. Quien es este hombre que corre agitando sus brazos como si no lo viéramos? Como si no fuera la única persona caminando en medio del sol en un día de verano. Son extranjeros dedicados a la construcción. Hablan Urdu y Pashtun; Pakistanís! Sonrío a mi suerte. Zabardast!

 Por la ventana del taxi veo pasar las tres islas que forman Abu Dhabi: una isla donde los extranjeros, cuando lleguen, podrán ver las carreras de la Formula uno en una pista que pasa por en medio de un hotel cinco estrellas. La otra isla que en el futuro concentrará todo aquello que tiene que ver con cultura, y donde hay un hueco en la arena con salida a la playa, reservado para un Louvre blanco y de techo transparente que no necesitará luz artificial, y otro hueco que llenará un Guggenheim diseñado por Frank Gehry. Más allá encuentro la tercera isla, que tiene el enorme parque de diversiones Ferrari y un parque de diversiones acuáticas; el único sitio donde puedes ver nacionales, sorprendentemente en bikinis y burkinis cayendo a toda velocidad por rodaderos retorcidos.

 Llego a tierra firme y sus edificios ultramodernos recién terminados o en construcción; aquel que parece un pepino, aquel que parece un banano, aquel que está más empinado que la torre de pizza, todos en vidrio negro y cada vez más altos. Edificios y edificios, cientos de ellos, pero nunca gente, porque estos edificios están perfectamente vacíos, sin piso o techo, tan solo ventanas con vista al desierto y al mar. En medio de ellos encuentro la estructura más antigua de Abu Dhabi; el Museo de la Herencia - el Qasr al-Hosn, que en el pasado fue palacio real, castillo de guerra, guarnición  militar, casa de familia y, hace mucho-mucho tiempo, tan solo cuatro muros que protegían un pozo de agua. En el Majlis de este Palacio, su alteza real el Sheik Shakhbut bin Sultan Al Nahayan, recibía todas las tardes a sus súbditos para escuchar pacientemente sus problemas y dar consejo, hasta su muerte en 1989, cuando ya sabía que se paraba, con sus sandalias siempre blancas, sobre la mayor fortuna de la historia de la humanidad.

Mientras me alejo de la ciudad veo la silueta de los edificios como un espejismo sin sentido en medio del desierto. Pareciera que de un momento a otro van a despegar todos juntos dejando atrás las autopistas sin sentido, un hueco en la arena, un fuerte blanco y un pozo de agua. 
 
 
 

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