sábado, 26 de octubre de 2013

Sikandar y Kenwal


A las cinco y media de la tarde Sikandar se plantaba en la avenida Jinnah. Llevaba dos armas automáticas, unos cigarrillos, un celular, su esposa y sus dos hijos. Nadie entiende como Sikandar pasó todos los anillos de seguridad y se instaló con toda su familia en la entrada de la zona roja. Sikandar no es un hombre de aspiraciones medianas: Pide la abdicación del primer ministro y la instalación de la ley Sharía. La policía concluye rápidamente “Ha perdido sus cabales”. Kenwal, su esposa, habla por teléfono, da entrevistas, explica sus peticiones cambiantes. Los niños salen y entran del carro, juegan y ríen mientras Sikandar pide a la policía que despeje a la gigante multitud de curiosos y vuelve a disparar. Tres horas después los mediadores han oficialmente fracasado. Un rechoncho dirigente político que pasa por la zona se ofrece a mediar; mientras habla con Sikandar se abalanza sobre el y trata de neutralizarlo, la multitud grita, los francotiradores ajustan la mirada, Sikandar logra liberarse y salir corriendo. Dispara nuevamente al cielo pero no al gordo político quien ahora corre aterrado. La multitud mira atenta. Cae el sol. Han pasado seis horas. Un francotirador da todo por terminado dejando a Sikandar en estado crítico pero estable. Al día siguiente la gente se reirá del dirigente político queriendo ser un héroe, arrestarán Kenwal por terrorismo, los Talis tomarán responsabilidad de los hechos (y nadie les creerá), los comerciantes de la zona protestarán contra la policía por no disparar antes, una mujer dirá con nostalgia que este drama le recuerda su natal Karachi. 

martes, 8 de octubre de 2013

Abu Dhabi no existe


El mundo es todo brillo y arena. El viento, mis pasos y mi respiración son lo único que escucho. Es medio día, es verano pleno, el sol, el sol. Aguzo la mirada, llego a la enorme autopista que aparece sin sentido en medio de la nada. Hay pocos carros dispersos que se dirigen al norte o tal vez al sur. Los carros pasan rápido y parecen vacíos. Me paro al lado del pavimento ardiente y pacientemente espero un taxi.

El calor, el calor. Cinco minutos pasan, tal vez diez. Hacia donde queda Abu Dhabi? Todos los carros son iguales, blancos, nuevos, perfectamente limpios y ninguno es un taxi. Todo está perdido. Podría desmayarme aquí mismo y morir bajo el sol y nadie me encontraría jamás, porque, a pesar de la autopista, y de la enorme ciudad que me dicen está muy cerca, esto sigue siendo un desierto.

Camino en medio de la arena dejando la autopista a mis espaldas. Entro a un barrio lleno de casas gigantes e idénticas que se pierden en la distancia. Están construidas para extranjeros que vendrán a trabajar;  según parece llegarán al mismo tiempo y en cualquier momento porque todas las casas están listas, al igual que las autopistas que los llevara a Abu Dhabi.

En la distancia veo un carro blanco cruzando las calles del barrio. Se mueve lentamente en un pavimento que recuerdo rojo. Pienso en correr detrás. Ayuda! Auxilio! Esto es un desierto! Pero está muy lejos y ha desaparecido. Veo un grupo de obreros que camina bajo la breve sombra que dan las casas y parecen sorprendidos de ver a una persona en medio de la calle. Quien es este hombre que corre agitando sus brazos como si no lo viéramos? Como si no fuera la única persona caminando en medio del sol en un día de verano. Son extranjeros dedicados a la construcción. Hablan Urdu y Pashtun; Pakistanís! Sonrío a mi suerte. Zabardast!

 Por la ventana del taxi veo pasar las tres islas que forman Abu Dhabi: una isla donde los extranjeros, cuando lleguen, podrán ver las carreras de la Formula uno en una pista que pasa por en medio de un hotel cinco estrellas. La otra isla que en el futuro concentrará todo aquello que tiene que ver con cultura, y donde hay un hueco en la arena con salida a la playa, reservado para un Louvre blanco y de techo transparente que no necesitará luz artificial, y otro hueco que llenará un Guggenheim diseñado por Frank Gehry. Más allá encuentro la tercera isla, que tiene el enorme parque de diversiones Ferrari y un parque de diversiones acuáticas; el único sitio donde puedes ver nacionales, sorprendentemente en bikinis y burkinis cayendo a toda velocidad por rodaderos retorcidos.

 Llego a tierra firme y sus edificios ultramodernos recién terminados o en construcción; aquel que parece un pepino, aquel que parece un banano, aquel que está más empinado que la torre de pizza, todos en vidrio negro y cada vez más altos. Edificios y edificios, cientos de ellos, pero nunca gente, porque estos edificios están perfectamente vacíos, sin piso o techo, tan solo ventanas con vista al desierto y al mar. En medio de ellos encuentro la estructura más antigua de Abu Dhabi; el Museo de la Herencia - el Qasr al-Hosn, que en el pasado fue palacio real, castillo de guerra, guarnición  militar, casa de familia y, hace mucho-mucho tiempo, tan solo cuatro muros que protegían un pozo de agua. En el Majlis de este Palacio, su alteza real el Sheik Shakhbut bin Sultan Al Nahayan, recibía todas las tardes a sus súbditos para escuchar pacientemente sus problemas y dar consejo, hasta su muerte en 1989, cuando ya sabía que se paraba, con sus sandalias siempre blancas, sobre la mayor fortuna de la historia de la humanidad.

Mientras me alejo de la ciudad veo la silueta de los edificios como un espejismo sin sentido en medio del desierto. Pareciera que de un momento a otro van a despegar todos juntos dejando atrás las autopistas sin sentido, un hueco en la arena, un fuerte blanco y un pozo de agua. 
 
 
 

domingo, 28 de julio de 2013

Un hombre piadoso - Pakistán


Un hombre piadoso se hincará cinco veces al día mirando hacia la Ka´aba y nada lo detendrá en su plegaria. Este hombre visitará el templo tanto como pueda y no faltará a la oración Jummah durante todos los viernes de su vida. Desde la adolescencia celebrará la llegada del Ramarán y durante un mes no beberá, comerá, fumará, o tendrá sexo hasta que se oculte el sol. Seguirá una dieta Halal, evitando el cerdo, la sangre, y animales no matados en el nombre de Allah. Ahorrará toda su vida para hacer el Hajj, pasar una noche en vela en el monte Arafat y beber el agua de la fuente infinita de Zamzam. Este hombre también te mirará a los ojos y te dirá soy musulmán, pero primero soy Pashtun, Balochi, Sindi, o Punjabi.

lunes, 6 de mayo de 2013

Hay dos clases social es en Pakistán


Hay dos clases social es en Pakistán. El primer grupo, grande y sudoroso, contiene aquellos a quienes nos referimos como las masas. El segundo grupo es mucho mas pequeño, pero sus miembros ejercitan un vasto control sobre su ambiente mas inmediato y son colectivamente denominados la élite. La distinción entre estos dos grupos se basa en el control de un importante recurso: El aire acondicionado. La élite ha recreado para su uso el ambiente de Suecia en medio de las polvorientas planicies del subcontinente. Son ellos una mezcla de Punjabis y Pathans, Sindis y Balluchis, traficantes y mullahs, industriales y soldados unidos por estar sus residencias en un mundo artificialmente frío. Ellos se levantan en casas con aire acondicionado, conducen carros con aire acondicionado y almuerzan y cenan en restaurantes con aire acondicionado. Y si ellos pensaran en las grandes masas no enfriadas, y si se tornaran inquietos debajo de sus cobijas en medio del verano, siempre estará para ellos la oración, cinco veces al día, que esperan les dará admisión a un paraíso con aire acondicionado, o al menos, una bebida fría durante un día en el infierno.

Mota de Humo
Mohsin Hamid