Al llegar a la
oficina conocí al oficial de seguridad uruguayo, quien estaba feliz de hablar
español, tanto así que habló sin interrupción durante dos horas antes de
entregarme una enorme maleta que contenía el casco azul, el pesado chaleco antibalas,
la lista de teléfonos de emergencia y un celular cuya batería jamás funcionó.
Antes de subir
al carro pregunté “…debo ponerme el
chaleco antibalas dentro del carro blindado?”, el empezó a reírse “Ché! dentro del tanque? Che! No, no,
tranquilo, no te lo pongás, solo sentáte encima por si una bomba golpea desde
abajo…”. Seguí sus instrucciones no sin sentirme algo ridículo al lado del
conductor sentado cómodamente sin chaleco. Cuando estaba apunto de botar el chaleco al
puesto de atrás, el uruguayo empezó a golpear la ventana con urgencia. Abrí la
puerta y dijo apurado “…se me olvidaba
che! Es muy importante que mantengás la boca abierta…si me entendés? Así! Aaaah…abierta!
Si la mantenés abierta la onda explosiva va a afectar menos los órganos
internos…abierta oís?…chau che! Me llamás…” El carro entró a la jaula de
seguridad y después de un arranque rápido estábamos en la calle. Vi niños jugando
criquet, vii niñas veladas yendo a la escuela, vi hombres en bicicleta, vi personas
riendo y vi mi reflejo en la ventana del carro, sentado sobre mi chaleco antibalas
y con la boca abierta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario