Todo parece indicar que Lala, el conductor, quiere morir y quiere llevarnos
con el. Estamos en el carril opuesto de la carretera, hay polvo por todas
partes, a nuestra derecha se encuentra un bloque cerrado de carros, motos, buses
y camiones que intentamos rebasar y que al unísono aceleran para impedirlo,
enfrente, un camión gigante viene a toda velocidad, prende luces, pita. Sientes
un hueco en el estómago justamente cuando Lala tira el carro a la berma de la
izquierda y el camión pasa a nuestra derecha haciendo el carro temblar, ves en
la distancia personas caminando con un par de búfalos, nada sorprendidos de que
este carro se les venga encima a toda velocidad, pero Lala ya ha regresado a la
carretera, al carril opuesto para ser
preciso, pero a la carretera por lo menos y otro camión viene a toda velocidad.
Un carro del bloque de la derecha frena y nos salva la vida en el ultimo
momento posible, hemos regresado a la seguridad de nuestro carril pero por unos
momentos nada mas; sabes con certeza que en breve volveremos al carril opuesto para
intentar rebasar a los demás carros, todo esto para no perder a nuestra escolta
que rampante ya va tres carros adelante.
Tal vez
deberíamos dejar que la escolta se vaya y volver a manejar a una velocidad
razonable, si seguimos así moriremos sin duda alguna. Nos quedan cinco horas de
camino. Como si leyera mi mente Lala dice “No perder escolta nunca…” Suena a
todo volumen la música Punjabi que tres horas antes encontrabas tan colorida y
exótica. Al llegar al siguiente pueblo encontramos decenas y decenas de camiones
parqueados sobre el camino; empezamos a ir despacio, muy despacio, nos
detenemos a la entrada del mercado. Veo en el suelo un enorme charco de sangre,
una cabra que lleva poco tiempo muerta. Enormes aves de rapiña vuelan a menos
de dos metros de altura, un hombre empieza a despellejar la cabra. Los escoltas
saltan de su camioneta azul, empuñan las escopetas, rodean mi carro, me dan la
espalda.
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