jueves, 31 de mayo de 2012

Llegando a Kabul



Era un cuarto realmente pequeño, lleno de gente corriendo, empujando, gritando, buscando en montañas de maletas arrumadas acá y allá. Era claro que muchas personas salían corriendo por las puertas sin mucho orden, control o razón. A mi derecha un grupo de barbados discutía agresivamente en Dari, a la izquierda expatriados presenciaban el caos con una cara de terror que seguramente era espejo de la mía. No encontré la maleta por ningún lado; todo estaba perdido. Debería volver al día siguiente con la esperanza de que la maleta estuviera aún en Dubai.

Salí del aeropuerto a buscar mi conductor, que, de acuerdo a las conversaciones sostenidas durante semanas, debería estar en el parqueadero, sin embargo, al brillante equipo de terreno jamás se le ocurrió decirme que había tres parqueaderos. Después de buscar y correr y no encontrar hice exactamente aquello que va en contra de todas las instrucciones de seguridad jamás impartidas: Busqué un lugar visible, colgué la identificación ONU de mi cuello, cargué la gigante cámara a mis espaldas y me senté con la actitud de -vengan por mí! Acá estoy!-

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