Era un cuarto
realmente pequeño, lleno de gente corriendo, empujando, gritando, buscando en
montañas de maletas arrumadas acá y allá. Era claro que muchas
personas salían corriendo por las puertas sin mucho orden, control o razón. A
mi derecha un grupo de barbados discutía agresivamente en Dari, a la izquierda expatriados
presenciaban el caos con una cara de terror que seguramente era espejo de la
mía. No encontré la maleta por ningún lado; todo estaba perdido. Debería volver
al día siguiente con la esperanza de que la maleta estuviera aún en Dubai.
Salí del
aeropuerto a buscar mi conductor, que, de acuerdo a las conversaciones
sostenidas durante semanas, debería estar en el parqueadero, sin embargo, al
brillante equipo de terreno jamás se le ocurrió decirme que había tres
parqueaderos. Después de buscar y correr y no encontrar hice exactamente
aquello que va en contra de todas las instrucciones de seguridad jamás
impartidas: Busqué un lugar visible, colgué la identificación ONU de mi cuello,
cargué la gigante cámara a mis espaldas y me senté con la actitud de -vengan
por mí! Acá estoy!-
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