jueves, 13 de octubre de 2011

La leyenda del chef de los Italianos


Al caer la tarde llegamos al restaurante en la ribera del río Indus. Los presentes, Amber, Manuel y Geir, llevan más de un año en Sukkur. Cada uno pertenece a una organización humanitaria diferente.


El restaurante de cielo abierto está lleno de hombres que miran curiosos. Nos sentamos de forma que Amber les da la espalda o no podría evitar sentirse cohibida por las constantes miradas. Amber ha decidido pasar los próximos meses aprendiendo a hacer el mejor pan de Pakistán. “Tengo todo el tiempo del mundo”. En Tajikistan pasó diez meses haciendo galletas.


Manuel cuenta como durante un viaje a Londres, empezó a soñar con unos huevos benedictinos, y que no hizo mas que hablar al respecto con amigos y extraños durante seis horas de espera en Dubai, y que cuando finalmente aterrizó en Londres, dejó sus maletas en el hotel y apurado tomó el metro y esperó por una hora hasta que restaurante abrió sus puertas y entró y se sentó y el mesero dijo –Manuel ríe ahora a carcajadas- “señor, hoy no servimos benedictinos… ” Gier dice que el no necesita aprender a cocinar o viajar a Londres: “hemos contratado al chef de los Italianos…”.


Esta frase canceló de un solo brochazo toda la conversación de la mesa; lo mirábamos entre intrigados e indignados.


Para que el querido lector alcance a comprender el grado de envidia gastronómica que inundaba aquella mesa en la rivera del Indus, es necesario compartir con todos ustedes “la increíble leyenda del chef de los italianos”:

La increíble leyenda del chef de los italianos
Los expatriados viajan con una variedad de ítems para sentirse en casa. Se encuentra de todo; Misao llega con calendarios japoneses, velas, oso de peluche y su propia almohada. Marianne aterriza con set de sabanas, Amber lleva a George, su adorable gato. Peter trae su moto. De todos, aquel que gana de lejos es Andrea, el italiano cuarentón que llega con su mamá.


La Salieri, una italiana, me contó la historia hace meses. La mamá de Andrea pasó un total de 2 meses en Islamabad. Su misión consistía en entrenar el chef de su hijo. El joven cocinero pakistaní y la doña italiana dedicaron semanas a encontrar en los mercados de Islamabad y Rawalpindi los tomates más redondos y carnosos, Mascarpone fresco, Parmesano en bloque, champiñones Porcini. Ella enseñó al joven los secretos de la carbonara, de la amatriciana, de la primavera. Cuenta la leyenda que cuando la doña dejó el país, el chef de los italianos cultivaba Albahaca con semillas italianas en su propio jardín.


Recuerdo a La Salieri, tomando un sorbo de vino y respirando profundo mientras decía: “he probado su lasaña…es per-fec-ta…” ella también me contó que Andrea había dejado el país poco antes y que el joven chef había desaparecido. La comunidad internacional de Pakistán no habló de nada diferente durante semanas. Expatriados Italianos dedicaron horas y días tratando de localizar al joven prodigio. Lo último que supe es que se presumía que había regresado a su pueblo de origen en Sindh o Punjab.


Con el paso del tiempo fui olvidando la historia de Andrea, de su mamá y su chef, y, como todos, me sumergí en la locura colectiva de pollo, clavos y cardamomo y en la sobredosis de comida china, cuando de un momento a otro y sin aviso previo aparece Geir reviviendo en mi memoria la posibilidad de un mundo mejor con su “chef de los italianos”.


Geir, ante el profundo silencio, levantó el vaso de Pepsi y dijo “brindemos por Andrea…!”, Manuel levantó su vaso y dijo con tono amigable “brindemos por la mamá de Andrea…”


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