Después de nueve meses en Pakistán me tomó tres días dejar de saludar con el “Slam uh alleikum…”, mas de cinco días en dejar de agradecer con un “shukria…” y 0.3 segundos en entrar de nuevo a la sociedad de consumo; Llegué al “banana republic” y empecé a hacer serios estragos en mi VISA: este pantalón en azul y negro, esa camisa y ese saco en medium, -shukria ji-, pasé a la siguiente tienda y seguí con libros de fotografía, de literatura, jabones de l’occitaine, scrubs de Muji, Maletas de Mango, docenas de medias de Zara y después, -oh, cosa extraña!- ningún remordimiento.
Estambul se puede describir con las mismas palabras que usaríamos para una mujer despampanante: es una magnifica aceituna verde sin semilla, es un dirty martini con jugo extra que camina, es un Bósforo de sol y viento, es baklavas inexplicablemente crujientes y jugosas al mismo tiempo. No soy el único que piensa así; los vecinos de Estambul están de acuerdo, y no pueden aguantarse las ganas de salir y caminar y beber y comer y reír y saltar y emborracharse y después caminar más y besarse y abrazarse y tal vez comer otra vez y volver a beber, todo hasta el amanecer.
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