lunes, 23 de mayo de 2011

Miércoles – llegando a Sukkur

Toma seis horas viajar de Hyderabad a Sukkur. Debemos atravesar la mayor parte de Sindh, tierra conquistada por los portugueses y robada por los ingleses con la excusa victoriana de detener la esclavitud; un “deja vu” de historia Nigeriana en el mar arábigo. Alrededor de dos millones de esclavos africanos fueron traídos por los Talpurs, pintando la piel de los Sindis más que la de los Punjabs o Pashtuns. Los esclavos liberados recibieron el nombre de Sheedi y según me cuentan, usan su tambor de 4 patas y danzas africanas para celebrar fiestas musulmanas.



Esta es la M1-A1. Autopista encargada de llevar 20% de la guerra desde el mar arábigo. Hummers averiados se dirigen al sur y enormes conteiners sellados al norte; Al lado de los modernos camiones hay otros más modestos; buses de pasajeros transformados para transportar rentables mercancías; motos o sacos de arroz se asoman por las ventanas. El viaje tiene una constante: toda pancarta, pared, placa o ventana de Sindh tiene la imagen de Benazir Buttho, siempre con un halo blanco, deificada más allá de la razón al anormal estilo del Ché Guevara.



“Sufi Shrine-Sufi Shrine” dice Lala al a travesar el pueblo de Mitiari. Asiento y el camino continúa. La frase resuena en mi cabeza llena de imágenes. Pregunto con indiferencia: “Safe? Safe?” - “Yes…sufí safe” pregunto ahora más interesado:...”far?” – “No far? 5 munites…No far?”...ahora mirándolo fijamente: “Really safe?” - “Yes…sufí safe…” No podía creer las palabras que salían de mi boca: “Lala, bass-bass… Mitiari go!”



Mitiari es un pueblo feo, caluroso y sucio. Mitiari es mi lugar favorito en todo Pakistan. Para llegar a la entrada del templo sufí debes pasar por tiendas llenas de color, fuertes olores, y nubes de moscas. En el mausoleo te piden los zapatos, y cruzas una puerta de madera y todo-todo cambia. A nuestra izquierda se encuentra lo que parece una mezquita con gente durmiendo, a nuestra derecha una plaza con una bandera negra ondeando junto a otra verde; Sunnis y sufís juntos. A travesamos un pequeño corredor y aparece ante nosotros una plaza llena de color y un pequeño grupo cantando música sufí.



Empiezo a ver niños corriendo felices, mujeres y hombres juntos, entrando saliendo, riendo, cantando, una puerta con un grueso marco de madera, dos tumbas; santo y su aprendiz. Una mujer llena de devoción besa el marco de la entrada, un hombre de larga barba con manos abiertas mira al cielo. En una sociedad tan restrictiva como la paquistani, este mausoleo tiene la salvaje libertad de un “Rave”. Aquí descansa Sha Abdul Latif Bhittai, un santo, un poeta.



Pocos días después tuve tiempo de buscar información sobre Bhittai. Este santo sufí se caracterizaba por escoger mujeres como protagonistas para sus Rizados, alejándose así de la tradición persa de héroes masculinos. Bhittai cantaba a la tolerancia religiosa y a la equidad de género; un verdadero revolucionario para su época. Del santo se dice:



“…Sha era la corona de los Sufis, Sha era un poeta folk, Sha era un maestro de Ragas, Sha era un patriota, Sha era un congresista, Sha pertenecía a la liga musulmana, Sha era Rumi, Sha era Goethe…Sha era la cura para todos los males…”













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