domingo, 2 de mayo de 2010

El desapego de un Buda

En el aeropuerto de Pokhara no hay altavoces. Un delgado hombre entra a la sala de espera y grita el destino y aerolínea del siguiente vuelo. Nada entiendo de sus gritos. Pienso en una conspiración mundial de los aeropuertos para mantener a los pasajeros en estado de tensión. Pregunto a la persona sentada a mi lado, una mujer Indonesa, si ella ha entendido. Confirma que este no es mi vuelo. Continúo con el libro que acabo de comprar. Cuenta como Ganesh, patrón de ladrones y poetas, fue creado en azafrán por la diosa Parvati, mientras esperaba a Krishna, su amante. Paso la hoja y el libro empieza a describir los atributos de una estatua de Buda: sus pies marcados con ruedas, signo de un príncipe, sus alargados y perforados lóbulos, sus ojos entrecerrados.

A mi llegada a Nepal, 9 días antes, había meditado la posibilidad de comprarme un Buda. Después de todo Siddhartha nació en este país, allá en el sur, en Lumbini. Pero Buda pregonaba el desapego de los objetos materiales; Si realmente me gustaba Buda entonces no necesitaba una estatua de Buda. Todo muy claro. Namaste.

El hombre delgado volvió a aparecer y gritó algo ininteligible. La Indonesa dijo con acento maternal:
“that is you, dear...” agradecí la atención, y me uní al resto de pasajeros en un pequeño bus sofocante. Seguía sumergido en los Budas y sus atributos: proporciones canónicas en todo su cuerpo, tres anillos debajo de su cuello, largos y sensuales dedos, piel dorada.

Al poco tiempo de despegar alguien gritó
“miren por la ventana...” y se armó un gran alboroto, una gritería llena de emoción. Levanté la mirada del libro y vi los majestuosos Himalayas pasar lentos y silenciosos por la ventana. Extrañamente el alboroto fue seguido por el mas absoluto silencio, nadie hablaba, nadie obturaba. 30 extraños en un avión de Yeti airlines observaban las montañas pasar, colectivamente consientes de la perfección del momento y de lo banal de nuestras vidas.

Los Himalayas me recordaban que la vida y la muerte están unidos en un loop interminable, que cada preocupación o tristeza de mi insignificante vida caería en el olvido. Me recordaban que todo era perfecto y parte de un camino: el-Iguazu, elIguazu! Comprendí en un solo instante que el desapego de Buda empieza cuando aceptas que un día dejaras el mundo material, y que todo lo que te rodea dejará de existir. Pensé en el momento de mi muerte, me imaginé yaciendo en la cama, en paz, dejando atrás el mundo entero y, en ese momento veía a mi lado una estatua de buda. Esa figura dorada hacia perfecta y tolerable la imagen de mi muerte. En menos de 5 minutos todo estaba resuelto: compraría una estatua de buda, y no cualquiera, compraría la mejor, la mas hermosa, aquella que observaría mi muerte. Llegar al Nirvana dependía de ello. Buda enseña el desprendimiento, y qué mejor forma de ser budista que desprenderse de una gran cantidad de dinero y comprar una perfecta estatua de buda, guiado por el reconocimiento de nuestra mortalidad, el capricho y Mastercard.

Antes de aterrizar en Katmandú devoré los 53 atributos de un buen Buda. Cuando pisé tierra me había convertido es un Buda snob. Salí a caminar con la urgencia del condenado a muerte. Entraba a las tiendas diciendo:
“muéstreme su mejor Buda...”. La mayoría de las piezas estaban dedicadas al turista descuidado: figuras livianas, en madera, para colgar. Rechazaba todo. A pocas cuadras del hotel el milagro se hizo realidad: detrás de líneas y líneas de budas sin gracia, apareció una pieza empolvada que me hablaba al oído; su sutil risa, sus ojos entrecerrados, una pieza delicada, llena de elegancia. Al ver mi emoción el vendedor sentencio “...esa no es para usted...”

Detesto el concepto
“...esa no es para usted”, funciona inconscientemente como un reto y generalmente me lleva a meterme en problemas. El vendedor continuó: “Esa es para japoneses...cuesta 40.000 rupias...”, alrededor de 280USD. Cifra a todas luces escandalosa en un país donde se puede comer en un buen restaurante por tres dólares. “...y éste quien se ha creído” gritó en off mi desapego herido. Mi sentido común prendía alarmas, agitaba banderas.


Salí a la calle llena de sol y continué mi búsqueda pero ninguna estatua se acercaba a aquella pieza, a su equilibrio, a su paz. Las conchas en su cabeza que reposaban en sentido del reloj, sus formas redondas, sus hombros tan gruesos como los de un león.


Regresé a la tienda. “Porqué es tan costosa?” pregunté simulando inocencia. Esperaba una lista de atributos y detalles. El vendedor se limitó a colocar la estatua al lado de mi cabeza y mi mente se vació de pensamiento alguno. Preguntó en un susurro: “lo siente...?” - “...siii, lo siento” respondí sorprendido. La pieza estaba sellada en la base: “contiene un mantra sagrado...”.

La estatua era perfecta en todo sentido, pero 280USD para alcanzar el nirvana parecia un poco excesivo. Entré al restaurante el Jak, pedí una cerveza Everest, y fue entonces cuando vi en la mesa de al lado una comitiva de japoneses y el peor escenario apareció en mi mente: Mientras dudaba alguien podría superarme en desapego del mundo material, en amor propio, en poder de compra! Me preparé mentalmente para un proceso de negociación digno de Palestina. El sol estaba a punto de ponerse. Terminaba mi último día en Nepal.

Durante el vuelo Katmandú – Islamabad continué con el libro. Los mejores Budas del mundo entero se venden en Patán, un pueblo de arquitectura medieval situado a 40 minutos de Katmandú. Jamás fui. He empezado a olvidar los atributos y está bien. Este es mi Buda. Tiene un lugar privilegiado en medio de mí desorganizado cuarto. Alrededor de su cuello cuelga un rosario Nepalí con 108 semillas color turquesa.

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