Nos subimos al carro y Cecile dijo al chofer: “…al enclave por favor”.
Las calles de Islamabad están constantemente interrumpidas por retenes y sus bloques de cemento. Todos los carros se detienen y los policías silenciosos se asoman por las ventanas con linternas. Pasamos por 7 de estos puestos de seguridad durante 30 minutos. La entrada del Enclave es verdaderamente impresionante; es de lejos el lugar mas vigilado que he visto en mi vida. El enclave tiene en su única entrada seis guardias armados: Uno de ellos te pide el pasaporte, otro revisa el carro por dentro y otro por debajo. Los tres restantes esperan con sus armas detrás de un vidrio blindado. El carro entra entonces a un corredor de al menos 30 metros de largo, un solo carril y altos muros de cemento que termina con otro puesto de vigilancia idéntico al primero donde te revisan de nuevo. Si alguien quisiera entrar al enclave por la fuerza, y pasara el primer puesto de control, se encontraría en el corredor donde no podría escapar del segundo equipo de guardias. Si por alguna razón este sistema no funcionara, 20 metros detrás del segundo puesto, debajo de árboles, se encuentra una garita con dos francotiradores. Cecile dijo riendo: “Bienvenido al Enclave”.
El carro transitó por casas gigantes rodeadas por altos muros con alambre de púas y fuertes luces blancas: las embajadas. Después de cinco minutos llegamos al Club Francés; un restaurante con 8 mesas y un bar de 4 metros. Antes de entrar piden el pasaporte de nuevo, y pasas por el detector de metales. Detrás de la puerta me esperaba un grupo dispar: diplomáticos y funcionarios de ONGs humanitarias, todos bebiendo el prohibido vino. Me senté algo aturdido en medio de los franceses; llevaba menos de 36 horas en Pakistán. El mesero ofreció una cerveza Sol, y antes de dar el primer sorbo alguien me dijo en español perfecto: “qué onda Guey?, me llamo Bernardette…”
No hay comentarios:
Publicar un comentario