viernes, 11 de diciembre de 2009

El primer regreso de misión

Ahora que la misión Manila termina recuerdo cuando regresé de Port Harcourt (Nigeria). Salía de África negra y aterrizaba en Alemania, en Europa, en el primer mundo, el orden, la tranquilidad. El vuelo Port Harcourt – Abuja – Malabo – Frankfurt fue perfecto, pero en Alemania todo fue un caos; cambiaron tres veces la puerta del vuelo Frankfurt – NY. Pasajeros de todas las nacionalidades corrían de un lado para otro, las filas no tenían ni principio ni fin. Al primer llamado de abordaje me encontraba en el extremo opuesto del aeropuerto. Pregunté indicaciones a una enorme alemana en uniforme quien soltó un sencillo: “Follow me…” y me subió en su adorable carrito de aeropuerto, de esos que siempre quise usar. El carro era largo y blanco y yo su único pasajero. Le hablé sobre mis deseos de caminar por Berlín mientras ella pitaba y pitaba para que mujeres embarazadas y ancianos se quitaran del camino. Cuando llegamos a la larga fila de abordaje ella movió sus contactos, y fui el tercero en entrar al avión empujando la silla de ruedas de una adorable viejita italiana. Estaba feliz por mi suerte y por la calidez alemana.

Pase una semana en NY, y después salí para México D.F. La primera noche dormí en el sofá de Barbarita hasta que me despertó un hermoso sol que entraba por la ventana. Por un segundo no tenía la más minima idea de donde me encontraba. Este no era un sol africano que aplasta, este sol abraza, te invita a la ventana. Bab había salido a trabajar y yo tenía todo el apartamento para mí. Ni siquiera pensé en salir, estaba agotado y me sentía, por primera vez en mucho tiempo, en una casa de verdad-verdad. El apartamento me recordó aquel que tuve en Bogotá y pensé: aquí faltaba un gato. Abrí la nevera, y quedé fascinado por los tomates rojos y redondos; Los vegetales y frutas con calidad de supermercado no han llegado al sur de Nigeria. Después vi los huevos, Dios, los huevos! los huevos eran todos perfectamente blancos, del mismo tamaño, como clones. Abrí el huevo y me asombró su tamaño y color, con dos era suficiente para un buen omelet, en África necesitas 5.

A los pocos días fui a recoger a Misao al aeropuerto. Mientras esperaba me preguntaba si había sido un error invitar a una japonesa a un largo viaje por México; tal vez terminaríamos odiándonos. Esa noche, rodeada por mis amigos mexicanos, me dijo seria: "D-san, una pregunta, has visto los huevos?"



Misao en Teotihuacan

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