A las cinco y media de la tarde Sikandar se plantaba en la
avenida Jinnah. Llevaba dos armas automáticas, unos cigarrillos, un celular, su
esposa y sus dos hijos. Nadie entiende como Sikandar pasó todos los anillos de
seguridad y se instaló con toda su familia en la entrada de la zona roja. Sikandar no es un hombre de
aspiraciones medianas: Pide la abdicación del primer ministro y la instalación
de la ley Sharía. La policía concluye rápidamente “Ha
perdido sus cabales”. Kenwal, su esposa, habla por teléfono, da entrevistas, explica
sus peticiones cambiantes. Los niños salen y entran del carro, juegan y ríen
mientras Sikandar pide a la policía que despeje a la gigante multitud de
curiosos y vuelve a disparar. Tres horas después los mediadores han oficialmente
fracasado. Un rechoncho dirigente político que pasa por la zona se ofrece a mediar;
mientras habla con Sikandar se abalanza sobre el y trata de neutralizarlo, la
multitud grita, los francotiradores ajustan la mirada, Sikandar logra liberarse y salir corriendo. Dispara nuevamente al cielo pero no al gordo político quien
ahora corre aterrado. La multitud mira atenta. Cae el sol. Han pasado seis
horas. Un francotirador da todo por terminado dejando a Sikandar en estado
crítico pero estable. Al día siguiente la gente se reirá del dirigente político
queriendo ser un héroe, arrestarán Kenwal por terrorismo, los Talis tomarán
responsabilidad de los hechos (y nadie les creerá), los comerciantes de la zona
protestarán contra la policía por no disparar antes, una mujer dirá con
nostalgia que este drama le recuerda su natal Karachi.
sábado, 26 de octubre de 2013
martes, 8 de octubre de 2013
Abu Dhabi no existe
El mundo es todo brillo y arena. El viento, mis pasos y mi respiración son lo único que escucho. Es medio día, es verano pleno, el sol, el sol. Aguzo la mirada, llego a la enorme autopista que aparece sin sentido en medio de la nada. Hay pocos carros dispersos que se dirigen al norte o tal vez al sur. Los carros pasan rápido y parecen vacíos. Me paro al lado del pavimento ardiente y pacientemente espero un taxi.
El calor, el calor. Cinco minutos
pasan, tal vez diez. Hacia donde queda Abu Dhabi? Todos los carros son iguales,
blancos, nuevos, perfectamente limpios y ninguno es un taxi. Todo está perdido.
Podría desmayarme aquí mismo y morir bajo el sol y nadie me encontraría jamás,
porque, a pesar de la autopista, y de la enorme ciudad que me dicen está muy cerca,
esto sigue siendo un desierto.
Camino en medio de la arena dejando la
autopista a mis espaldas. Entro a un barrio lleno de casas gigantes e idénticas
que se pierden en la distancia. Están construidas para extranjeros que vendrán
a trabajar; según parece llegarán al
mismo tiempo y en cualquier momento porque todas las casas están listas, al
igual que las autopistas que los llevara a Abu Dhabi.
En la distancia veo un carro blanco
cruzando las calles del barrio. Se mueve lentamente en un pavimento que
recuerdo rojo. Pienso en correr detrás. Ayuda! Auxilio! Esto es un desierto!
Pero está muy lejos y ha desaparecido. Veo un grupo de obreros que camina bajo
la breve sombra que dan las casas y parecen sorprendidos de ver a una persona
en medio de la calle. Quien es este hombre que corre agitando sus brazos como
si no lo viéramos? Como si no fuera la única persona caminando en medio del sol
en un día de verano. Son extranjeros dedicados a la construcción. Hablan Urdu y
Pashtun; Pakistanís! Sonrío a mi suerte. Zabardast!
Por la ventana del taxi veo
pasar las tres islas que forman Abu Dhabi: una isla donde los extranjeros,
cuando lleguen, podrán ver las carreras de la Formula uno en una pista que pasa
por en medio de un hotel cinco estrellas. La otra isla que en el futuro
concentrará todo aquello que tiene que ver con cultura, y donde hay un hueco en
la arena con salida a la playa, reservado para un Louvre blanco y de techo
transparente que no necesitará luz artificial, y otro hueco que llenará un
Guggenheim diseñado por Frank Gehry. Más allá encuentro la tercera isla, que
tiene el enorme parque de diversiones Ferrari y un parque de diversiones
acuáticas; el único sitio donde puedes ver nacionales, sorprendentemente en
bikinis y burkinis cayendo a toda velocidad por rodaderos retorcidos.
Llego a tierra firme y sus
edificios ultramodernos recién terminados o en construcción; aquel que parece
un pepino, aquel que parece un banano, aquel que está más empinado que la torre
de pizza, todos en vidrio negro y cada vez más altos. Edificios y edificios,
cientos de ellos, pero nunca gente, porque estos edificios están perfectamente
vacíos, sin piso o techo, tan solo ventanas con vista al desierto y al mar. En
medio de ellos encuentro la estructura más antigua de Abu Dhabi; el Museo de la
Herencia - el Qasr al-Hosn, que en el pasado fue palacio real, castillo de
guerra, guarnición militar, casa de
familia y, hace mucho-mucho tiempo, tan solo cuatro muros que protegían un pozo
de agua. En el Majlis de este Palacio, su alteza real el Sheik Shakhbut bin
Sultan Al Nahayan, recibía todas las tardes a sus súbditos para escuchar pacientemente
sus problemas y dar consejo, hasta su muerte en 1989, cuando ya sabía que se
paraba, con sus sandalias siempre blancas, sobre la mayor fortuna de la
historia de la humanidad.
Mientras me alejo de la ciudad veo la
silueta de los edificios como un espejismo sin sentido en medio del desierto.
Pareciera que de un momento a otro van a despegar todos juntos dejando atrás
las autopistas sin sentido, un hueco en la arena, un fuerte blanco y un pozo de
agua.
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