sábado, 29 de enero de 2011

Sobre las alfombras

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"...me dice mientras desenrolla una más de sus alfombras (que sabe que no voy a comprar pero que disfrutaré viéndola)– que lo que permitió a los persas seguir siendo durante dos mil quinientos años, lo que ha permitido que sigamos siendo nosotros mismos a pesar de tantas guerras, invasiones y ocupaciones, no ha sido nuestra fuerza material sino espiritual, nuestra poesía y no la técnica, nuestra religión y no las fábricas. ¿Qué le hemos dado al mundo nosotros? Le hemos dado la poesía, la miniatura y la alfombra. Ya ve usted, desde un punto de vista productivo, todas ellas son cosas inútiles. Pero justamente por medio de ellas nos expresamos a nosotros mismos. Nosotros hemos dado al mundo esa inutilidad tan maravillosa, tan irrepetible. Lo que hemos dado no sirve para facilitarle la vida a nadie sino para adornársela, si es que, claro está, tiene sentido semejante distingo. Porque una alfombra, por ejemplo, es algo vital para nosotros. Desenrolla usted su alfombra en un desierto quemado, espantoso, se echa sobre ella y le parece estar tumbado en el más verde de los prados. Sí, nuestras alfombras recuerdan prados floridos. Usted ve la flores, ve un jardín, un pequeño estanque y una fuente. Unos pavos reales se pasean por entre los arbustos. Y debe saber que una buena alfombra es una cosa muy duradera, una buena alfombra conservará su color durante siglos. De modo que, viviendo en un desierto desnudo y monótono, vive usted como en un jardín que es eterno, que no pierde ni el color ni la frescura. Y además, uno se puede imaginar que este jardín despide aromas, uno puede oír el murmullo de su arroyo y el canto de los pájaros. Y entonces usted se siente bien, se siente elegido, se encuentra usted cerca del cielo, es usted un poeta".

Ryszard Kapuscinski (El Sha)

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