Hombres armados entraron por la fuerza a dos mezquitas de Lahore y dispararon contra mas de 1.000 asistentes. Era viernes, día sagrado musulmán. El ataque cobró la vida de 84 personas, y dejó mas de 120 heridos. La policía rodeó las mezquitas, los terroristas tomaron a los sobrevivientes como rehenes y empezó una lucha encarnizada que duró horas. Al final, cuando terminaron las municiones de los atacantes, la policía entró a los recintos, y los secuestradores empezaron a activar sus chalecos de bombas. Tres de los chalecos explotaron matando 9 policías. La tragedia hubiera podido ser peor; dos atacantes gritaron convencidos Allah akbar! (“dios es grande”), presionaron el interruptor esperando convertirse en mártires y los chalecos no explotaron. Un ínfimo problema de baterías, o cables hizo que el artefacto fallara; tal vez un cruel terrorista fue engañado por un niño que vende baterías usadas como nuevas en el bazar, tal vez una hermosa mujer pasó por la calle y distrajo a un sociopata en el momento justo de apretar la conexión eléctrica, y entonces, decenas de personas se salvan de un terrible destino.
Imagino a los terroristas ya sin balas, gritando con fuerza: “Allaaaah aaaakbar...!”, presionando el vendito botoncito y...nada!... mmm, qué cosa mas extraña! Intentemos de nuevo: “palacio de las 12.000 vírgenes allá voy!!! Allaaah aaakbar!!!”...nada...jo-der! otra vez: que Allaaahh!...nada? Jooo! Y los policías salvando la vida. Allah akbar.
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