sábado, 13 de septiembre de 2014

La casa se ha llenado de hormigas

La casa se ha llenado de hormigas. Corren frenéticas, pasan con su botín. Cómo se orientan? Cómo encuentran sus tesoros? Cómo llegan todas al mismo tiempo? No hay fronteras para ellas. Inicialmente no me importaba; las veía pasar en un estado de meditación budista: todos somos seres de esta tierra y ellas son constantes y multitud. Pero ahora tengo mucho tiempo para verlas; he pasado la mayor parte de las últimas cuatro semanas en encierro obligado por cuestiones de seguridad. Dos gigantes protestas se han tomado la capital. El gobierno trajo 900 conteiners; bloquearon calles y avenidas. Una autopista está aún está abierta, pero tan sólo un carril funciona;  toma horas entrar y salir de la ciudad. Callejones peatonales se han llenado de carros desesperados.


De nada ha servido. El gentío ha empujado conteiners, ha llegado frente a la casa del primer ministro y ha declarado la revolución. Cada protesta tiene un casting diferente.  Una está liderada por un clérigo y pide la teocracia. La multitud es todo orden y disciplina. Se turnan para cocinar, tienen carpas, hay familias enteras. La segunda marcha está liderada por un ex-jugador de cricket y tiene un discurso nacionalista. Esta marcha es un caos;  sus miembros son hombres pobres que después de dos noches de dormir en el pasto empezaron a regresar a sus casas. Para evitar que la marcha desaparezca, el jugador de cricket ha contratado músicos que dan conciertos todas las noches. Al atardecer hombres, mujeres y niños se ajustan entre los conteiners y llegan al epicentro de la marcha. Cantan, bailan, aplauden. Los escucho desde mi cuarto. Sus cantos de revolución no me dejan dormir. Prendo las luz y veo un rio de hormigas sobre las sábanas blancas.  

domingo, 20 de abril de 2014

Vivo en una casa blanca con un amplio balcón que mira a las montañas Margallah.


Vivo en una casa blanca con un amplio balcón que mira a las montañas Margallah. Al otro lado, el dormitorio mira a una casa que ha estado en construcción por mas de un año.  Tres hombres en shalwar kameez y sandalias destruyeron la casa anterior. Les tomó semanas de constante martillar. Después empezaron a construir gigantes torres, diminutas ventanas, balcones sin puertas. Un castillo. Por meses la nueva casa crecía y crecía, parecía no parar. Después la construcción se detuvo. Hace meses que tan solo un guardia duerme en el primer piso cuidando los materiales sin usar. Una noche de invierno me despertaron disparos, gritos, hombres corriendo. Desde mi casa blanca puedo ir caminando al mercado Khosar, famoso por ser el lugar de reunión de toda la comunidad expatriada, por tener tiendas de comida importada y en sobre precio, y por ser el lugar donde, no hace mucho, fue asesinado a quema ropa y en plena calle Salman Taseer, el Gobernador de Sindh. Aún recuerdo la foto del asesino, sus ojos desorbitados, su sonrisa de locura. El asesino fue un guardaespaldas de Salman, enfurecido por que el Gobernador proponía reformar la Ley de la Blasfemia para salvar a una niña cristiana.

lunes, 31 de marzo de 2014

Qadri

Antes de que Qadri empezara su marcha histórica, antes de que los siguieran miles de personas por 500 kilómetros, antes de que fuera transportado en un conteiner marítimo diseñado para la marcha, con micrófono para discursos y una ventana para asomarse y demostrar que todavía estaba adentro, antes de que su horda en gritos partiera Islamabad en dos, antes de que cambiara su discurso pacífico por uno delirante, antes de todo, Qadri, calladamente, vendía Coranes.

Miles de buses, carros, motos, millones de hombres mujeres y niños. “Vienen desde Lahore. Llegarán mañana. Es nuestro turno de la primavera Árabe”, decía Khalid lleno de orgullo. “Cuales son sus demandas?” Pregunté. “No se, nadie sabe. Tal vez derrocar el gobierno. Están bien financiados. Su líder se llama Qadri”.

La invasión de Normandía se instaló a lo largo de la Avenida Jinnah. Qadri podía ver la casa presidencial en la distancia. -“Nos tomaremos el parlamento y ningún poder en el mundo podrá evitarlo”-. La marcha venía preparada para la espera: Carpas, mantas, sistemas de comida comunales, seguridad privada, y en medio de todo, el conteiner blanco perfecto. “Prométanme que no se irán hasta que yo no me vaya”.


No se hablaba de nada diferente en Islamabad. Son los militares! es la CIA! está financiado por Irán! son los Saudís! Conocidos empezaron a visitar la marcha y tomarse fotos: Sonrientes expatriados con gafas oscuras delante de lo que parecía un  campo de refugiados. A su regreso mis amigos reportaban: “La multitud está decidida!”, “tienen gran disciplina”, “no se irán hasta que consigan lo que quieren!” Me moría por ir. Pero me dijeron que no fuera, y no fui.